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Mis montañas son cuadradas. 

El origen

Desde muy pequeño aprendí a ver un mundo diferente. Seguramente por que soy daltónico y en mi niñez no lo sabia o seguramente por que mi condición de hijo mayor, primer nieto y primer sobrino en mi familia materna me hacía sentir especial y único. Crecer disfrutando mis vacaciones escolares en el seno de mi abuela Alcira, en Ortega, un pueblo al sur del Tolima que tiene de vecino a los indígenas de Coyaima, que está bañado por los ríos cucuana y Ortega y que está enmarcado por unas montañas cuadradas llamadas abechucos, me dió el privilegio de poder despertar todos mis sentidos adorando lo que me rodeaba.

 Tengo en mi memoria las eternas caminatas al bosque de las ceibas en la Vega, así se llamaba el barrio de la abuela, con la tía Teresa, donde recogíamos cientos de cuescos (fruto de la palma que al caerse al piso, los marranos se comían y luego de su digestión y en su boñiga secada por el sol, dejaban la almendra protegida por un caparazón tan duro como el de un coco). La tía Teresa en su torpe caminar, a causa de una poliomielitis que sufrió de niña y que los abuelos por ignorancia o por falta de recursos o por falta de médicos que ni si quiera llegaban al pueblo, no pudieron controlar, me llevaba a ese bosque de gigantes ceibas y recolectábamos nuestra cosecha anual de cuescos que mas tarde sentados en la cuja destapábamos a punta de piedra y comíamos sin cesar.

Recuerdo también las madrugadas de domingo cuando el abuelo salía al matadero a sacrificar sus vacas, para que luego con ayuda de la abuela vendieran en el pabellón la mejor carne de res de la plaza de mercado. En esas madrugadas la abuela Alcira hacia las arepas de maíz blanco, asadas en leña y dejaba en remojo el arroz para la comida.

Yo esperaba ansiosamente la llegada de los abuelos del pabellón junto a la tía Teresa, que a veces la atacaban unos dolores de cabeza insoportables y que solo se curaban amarrándosela fuertemente con un trapo mojado. Esperábamos a que la abuela llegara y empezara uno de los rituales mas maravillosos que he visto: el arroz remojado desde la madrugada lo ponía en una olla de barro a fuego bajo en la estufa de leña y empezaba a aromatizar este potaje con hojas y azahares del naranjo agrio del patio trasero, ella cocinaba lentamente este manjar que empezaba a invadir de un olor exquisito toda la casa. Cuando este inolvidable olor llegaba, era la hora de arrimarnos a la cocina y de sus propias manos recibir en un totumo la porción del “peto” (que quedaba con la textura del risotto), acompañado de la mas suave carne que era escogida por el abuelo en su oficio y que se secaba y ahumaba desde el domingo anterior encima de la dichosa estufa de leña. Luego pasábamos a sentarnos todos unidos en las banquetas del anden de la casa a saborear este ritual y ver caer el sol detrás de mis verdes, azules, moradas o castañas montañas cuadradas.

Con la tía Teresa comíamos rápido muy rápido porque luego nos esperaba ir a la misa obligada y luego cumplir con una cita nocturna: el concierto de las chicharras en el bosque de las ceibas, que oíamos extasiados hasta que dejaran de chillar pues esa era la señal para dar inicio al juego de la búsqueda de chicharras secas y así nosotros rendirles un tributo a su sacrificada melodía.

No olvido tampoco las caminatas largas para llegar al río acompañando a la abuela a lavar la ropa de su docena de hijos, y en ese largo caminar detenernos para bajar de los palos de anón su fruto y refrescarnos con su sabor. Al llegar a la orilla del río la abuela buscaba la sombra de un ciruelo y mientras ella castigaba con palo y con jabón como exorcizando los pecados de la ropa o de sus hijos, yo me dedicaba a comer y comer ciruelas verdes bajo la custodia y protección de los abechucos.

Algunas veces me llevaban al pabellón de la plaza de mercado y recorría todos los puestos donde los campesinos y los indígenas traían sus cosechas y productos a vender, y fue allí donde descubrí el sabor de los bizcochos blanqueados, de los dulces de arroz, de las achiras, del quesillo, del espejuelo, de los envueltos de plátano, del insulso, de las arepas oreja’eperro, de los masaticos, de la avena, de los mantecos, de los bizcochuelos, de la chicha y de la guama. En el pabellón aprendí a sentir la textura de la estera hecha con palma real, la nobleza de la cabuya y la caña en las mochilas y canastos, la suavidad de las tinajas hechas con barro horneado, la carrasposa piel del estropajo (que en los baños diarios me martirizaba), el sensible plumaje de los piscos y de los coloridos pájaros que los indígenas coyaimunos, un pueblo de los bravíos indios pijaos, traían también al mercado y que con su nobleza y generosidad y en su indescifrable dialecto lograban vender.

Al final de las vacaciones y cuando mi mamá llegaba a recogerme y llevarme a casa, y en la procesión que desde la casa de la abuela hasta el atrio de la iglesia donde nos esperaba un transporte para volver a la realidad, sentía que de su mano pasaba a la mía un legado de tradición, costumbres, valores y amores que ella también había recibido y que yo con ese agarrón de mano heredaba. Mientras a los gritos ella se despedía de su tío Enrique, de Carmen y de las gemelas de la esquina, yo me despedía también con la nostalgia y la promesa de volver al espíritu mágico de los abechucos, los únicos que dan fe de que mis montañas son cuadradas.
Hasta pronto.
Diego Guarnizo.

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