Cin-cuenta.

El 2 de Mayo de 1968 entre las 10:30 y las 10:45 de la noche nací accidentalmente en un pueblo al oriente del departamento del Tolima llamado Villarica.

Seguramente hoy 2 de Mayo de 2018, cincuenta años después y en esos quince minutos de perfecto aniversario estaré caminando las calles de Florencia Italia o por temas de horarios estaré en un tren rumbo a Venecia.

Planeado o no, quería estar lejos del lugar donde nací, acompañado solo del amor y regocijándome con el encanto de la añoranza y la sabiduría del sentimiento de “mi manchi” para así poder ver lo que la cotidianidad y la velocidad de la vida no me ha permitido valorar.

Desde aquí extraño todo: extraño a mi familia, a mi mamá, a mis hermanos, a mi hogar, a Mumú, a mis compañeros de oficio quienes han batallado tantas luchas admirables para sobrevivir a mi lado, extraño mi país, extraño a mis pocos amigos. Y con esa misma extrañeza caigo en cuenta lo ingrato que he sido con todos.

A todos les pido perdón por mi ausencia y mi ingratitud. Se que no hay excusa ni razón que sane mi acción.

Seguramente mi aniversario cincuentero me sensibiliza el corazón, me mueve las fibras, me remueve recuerdos, me hace mirar atrás y recapacitar… o simplemente me invita a empezar de nuevo para vivir una “nueva vida” corregida y feliz. Seguramente estoy entrando a la verdadera madurez, aquella que está llena de experiencias y errores y que solo en un evento como el cin-cuenta años, florece y alienta para volver a empezar.

Tengo mucho por agradecer a todas las personas que han formado parte de estos cincuenta años de vida. Soy, gracias a lo que todos me han dicho, enseñado, corregido, inspirado, amado, odiado, admirado, ayudado, lastimado, alegrado…

Gracias a todos he podido ser y he podido construir mi vida. Y ahora cuando paso la puerta de los 50, me comprometo a devolverles con mi corazón, toda su generosidad.

Así que hoy 2 de Mayo entre las 10:30 y las 10:45 de la noche, los invito a que agarren de la mano a quien tengan a su lado y si están solos piensen en esa persona que quieren y le digan lo que sienten con franqueza y amor, ese acto va a ser el mejor regalo de cumpleaños que me pueden dar, y con toda seguridad yo tendré entre las mías la mano de mi amor Alejandro Pérez Toro, quien es la persona que me ha demostrado que el amor existe y triunfa y aguanta y resiste y perdura y no borra sonrisas y protege y seguramente también, estará él enseñándome una vez más la importancia de vivir para los míos y estará ayudándome a despegarme de males tan graves como el indomable ego. Ese acto se llama compañía, se llama solidaridad, se llama amor y amistad.

Y también al mismo tiempo oiré la voz de la mujer que me parió: mi mamá Gloria, que gracias a su generoso acto de darme la vida sin ni siquiera pedirla y a sus silenciosas pero certeras enseñanzas, puedo hoy 50 años después, parar, mirar y elegir un nuevo camino lleno de tranquilidad, bienestar y felicidad.

Difícil vivir. Difícil ser feliz. Difícil construir una vida ideal. Pero en ese difícil camino recojo las buenas y malas experiencias para arrancar con entusiasmo un nuevo nacimiento. Pido al universo y a Dios que todos ustedes estén a mi lado en esta nueva vida para así poder corregir aunque sea una parte de mis errores.

A todos: gracias por acompañarme en este andar y tengan por seguro que mi corazón está en sus manos sin cuenta de cobro alguna. Siempre.

Hasta pronto.

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Feliz 2018

Pido al universo los mejores deseos de felicidad y amor para todos:

Que el nuevo año sea más creativo, feliz y amoroso. Que la esperanza, la fe, la vida y la generosidad sean nuestra bandera.

Que no perdamos el interés ni la capacidad de sorprendernos, que miremos más, oigamos más, hablemos más.

Que aprendamos más, que enseñemos más.

Que veamos muchos atardecer y descubramos y bauticemos colores que no imaginábamos existieran.

Que juguemos buscando formas en las nubes. Que pasemos noches largas intentando ver estrellas fugaces.

Que soñemos.

Que perdonemos y que nos perdonemos, que tengamos y demos oportunidades a quienes las merezcan.

Que sonriamos, que abracemos y que besemos sin medida.

Que apretemos las nuevas y viejas manos amigas.

Y que siempre pero siempre siempre nuestro corazón esté abierto para todos.

Los quiero mucho, muchos años más.

Feliz 2018.

Noches sanjuaneras

Rosas silvestres en un amanecer sanjuanero


En mi niñez y en la noche antes de San Juan existía una tradición que consistía en dejar toda la noche y antes del amanecer sanjuanero pétalos de flores silvestres coloridas en una batea de madera, un totumo o una olla de barro con agua. Esa mañana al despertar nos bañábamos las manos y la cara con esa aromática y amanecida infusión que además era iluminada toda la noche por la luz de la luna. Me decían que era un regalo que la naturaleza nos daba para tener prosperidad, paz y alegría todo el año. Hoy creo que esas sabidurías ancestrales son ciertas y que nos hacen mas buenos mas humanos, y mas conscientes del mundo que tenemos.

Y todo coincide: por esas fechas es el solsticio de verano, el fin de la primavera, el día más largo del año y creo profundamente que es el mejor momento para atribuirle y darle a la tierra su merecido beneficio y agradecimiento.

hasta pronto,

Diego Guarnizo.

 

 

 

Del 2016 ¡Solo gracias!

Gracias por tantas enseñanzas, caminos nuevos, experiencias, derrotas y triunfos. Gracias por tanto amor recibido y compartido, gracias por dejarme tener viva la luz de la fe, el amor y la esperanza, gracias por darme la posibilidad de creer en todo lo que me rodea, en el amor, en mi país, en mis amigos, en mi trabajo. Creí en la Paz y su aleteo llegó y me enseñó que la reconciliación y la integración son valores que deben estar presentes en cada uno de mis actos. El 2016 me regaló fuerzas para construir cimientos fuertes en los procesos creativos bajo la bandera de la honestidad, la generosidad y el compromiso.

Aprendí de cada corazón que oí el tesón de sus latidos para superar obstáculos y para gritar emociones sin pudor y comprobé que mirando al vecino, sonriendo al extraño, escuchando al amigo, besando al amor y abrazando a la vida, el camino se vuelve fácil y bien llevadero.

Aplaudo cada minuto de cada día del 2016 porque cada minuto me ha entregado la energía para crear, creer y crecer el nuevo y feliz nuevo año que arranca.

Los invito a darle valor al origen y recibir de el todo lo bueno y lo malo también, pues es ahí donde aprendemos a construir y vivir un presente formidable, apasionado y creativo. Con esas premisas todo lo que nos rodea se contagia y nuestra vida nos sonríe.

A vivir.

Hasta pronto. 

Mis montañas son cuadradas. 

El origen

Desde muy pequeño aprendí a ver un mundo diferente. Seguramente por que soy daltónico y en mi niñez no lo sabia o seguramente por que mi condición de hijo mayor, primer nieto y primer sobrino en mi familia materna me hacía sentir especial y único. Crecer disfrutando mis vacaciones escolares en el seno de mi abuela Alcira, en Ortega, un pueblo al sur del Tolima que tiene de vecino a los indígenas de Coyaima, que está bañado por los ríos cucuana y Ortega y que está enmarcado por unas montañas cuadradas llamadas abechucos, me dió el privilegio de poder despertar todos mis sentidos adorando lo que me rodeaba.

 Tengo en mi memoria las eternas caminatas al bosque de las ceibas en la Vega, así se llamaba el barrio de la abuela, con la tía Teresa, donde recogíamos cientos de cuescos (fruto de la palma que al caerse al piso, los marranos se comían y luego de su digestión y en su boñiga secada por el sol, dejaban la almendra protegida por un caparazón tan duro como el de un coco). La tía Teresa en su torpe caminar, a causa de una poliomielitis que sufrió de niña y que los abuelos por ignorancia o por falta de recursos o por falta de médicos que ni si quiera llegaban al pueblo, no pudieron controlar, me llevaba a ese bosque de gigantes ceibas y recolectábamos nuestra cosecha anual de cuescos que mas tarde sentados en la cuja destapábamos a punta de piedra y comíamos sin cesar.

Recuerdo también las madrugadas de domingo cuando el abuelo salía al matadero a sacrificar sus vacas, para que luego con ayuda de la abuela vendieran en el pabellón la mejor carne de res de la plaza de mercado. En esas madrugadas la abuela Alcira hacia las arepas de maíz blanco, asadas en leña y dejaba en remojo el arroz para la comida.

Yo esperaba ansiosamente la llegada de los abuelos del pabellón junto a la tía Teresa, que a veces la atacaban unos dolores de cabeza insoportables y que solo se curaban amarrándosela fuertemente con un trapo mojado. Esperábamos a que la abuela llegara y empezara uno de los rituales mas maravillosos que he visto: el arroz remojado desde la madrugada lo ponía en una olla de barro a fuego bajo en la estufa de leña y empezaba a aromatizar este potaje con hojas y azahares del naranjo agrio del patio trasero, ella cocinaba lentamente este manjar que empezaba a invadir de un olor exquisito toda la casa. Cuando este inolvidable olor llegaba, era la hora de arrimarnos a la cocina y de sus propias manos recibir en un totumo la porción del “peto” (que quedaba con la textura del risotto), acompañado de la mas suave carne que era escogida por el abuelo en su oficio y que se secaba y ahumaba desde el domingo anterior encima de la dichosa estufa de leña. Luego pasábamos a sentarnos todos unidos en las banquetas del anden de la casa a saborear este ritual y ver caer el sol detrás de mis verdes, azules, moradas o castañas montañas cuadradas.

Con la tía Teresa comíamos rápido muy rápido porque luego nos esperaba ir a la misa obligada y luego cumplir con una cita nocturna: el concierto de las chicharras en el bosque de las ceibas, que oíamos extasiados hasta que dejaran de chillar pues esa era la señal para dar inicio al juego de la búsqueda de chicharras secas y así nosotros rendirles un tributo a su sacrificada melodía.

No olvido tampoco las caminatas largas para llegar al río acompañando a la abuela a lavar la ropa de su docena de hijos, y en ese largo caminar detenernos para bajar de los palos de anón su fruto y refrescarnos con su sabor. Al llegar a la orilla del río la abuela buscaba la sombra de un ciruelo y mientras ella castigaba con palo y con jabón como exorcizando los pecados de la ropa o de sus hijos, yo me dedicaba a comer y comer ciruelas verdes bajo la custodia y protección de los abechucos.

Algunas veces me llevaban al pabellón de la plaza de mercado y recorría todos los puestos donde los campesinos y los indígenas traían sus cosechas y productos a vender, y fue allí donde descubrí el sabor de los bizcochos blanqueados, de los dulces de arroz, de las achiras, del quesillo, del espejuelo, de los envueltos de plátano, del insulso, de las arepas oreja’eperro, de los masaticos, de la avena, de los mantecos, de los bizcochuelos, de la chicha y de la guama. En el pabellón aprendí a sentir la textura de la estera hecha con palma real, la nobleza de la cabuya y la caña en las mochilas y canastos, la suavidad de las tinajas hechas con barro horneado, la carrasposa piel del estropajo (que en los baños diarios me martirizaba), el sensible plumaje de los piscos y de los coloridos pájaros que los indígenas coyaimunos, un pueblo de los bravíos indios pijaos, traían también al mercado y que con su nobleza y generosidad y en su indescifrable dialecto lograban vender.

Al final de las vacaciones y cuando mi mamá llegaba a recogerme y llevarme a casa, y en la procesión que desde la casa de la abuela hasta el atrio de la iglesia donde nos esperaba un transporte para volver a la realidad, sentía que de su mano pasaba a la mía un legado de tradición, costumbres, valores y amores que ella también había recibido y que yo con ese agarrón de mano heredaba. Mientras a los gritos ella se despedía de su tío Enrique, de Carmen y de las gemelas de la esquina, yo me despedía también con la nostalgia y la promesa de volver al espíritu mágico de los abechucos, los únicos que dan fe de que mis montañas son cuadradas.
Hasta pronto.
Diego Guarnizo.

Escribir, contar, compartir

En deuda estaba de escribir un texto que diera inicio a esta nuestra prometida comunicación, y se me cruzan millones y millones de historias e ideas para compartirles.

Quiero hablarles de mi oficio, de cómo me sumerjo en la historia de Colombia de 1800 en dos de mis recientes trabajos de dirección de arte para televisión: Laura la Santa y La Plantación. Pero también quiero contarles del amor que mis sastres  y modistas dejan en cada una de las puntadas cuando confeccionan los vestidos, de cuántas puntillas clavan mis escenógrafos y carpinteros en cada uno de los espacios que tan efímeros llenan de realidad y contarles de las madrugadas y trasnochadas llenas de sacrificios emotivos e inspiradores que mis ambientadores, utileros, vestuaristas y maquilladores día a día y con ilusión entregan en su trabajo y no sé por donde empezar.

Porque también quiero contarles acerca de mis viajes por todo el país investigando y conociendo sus costumbres, tradiciones y características, contarles que mis montañas tolimenses son cuadradas, que el aroma de la flor del naranjo agrio me recuerda mi niñez, que los cangrejos negros de Providencia me hablan y seducen cuando bajan a la playa a desovarse, que el cóndor en el nevado del Ruíz es mas grande de como lo imaginamos, que los atardeceres en la Guajira son eternos, que los cantos de las ballenas en Gorgona son mas sonoros cuando les hago coro, que el paraíso existe en caño cristales el río de los mil colores y que viéndolo dejé de ser daltónico o me volví más daltónico aún, contarles lo que se siente cuando se ve pasar un silletero en la Feria de las Flores en Medellín, o cómo se baila un sanjuanero en las fiestas de San Pedro en Neiva, o cómo es la energía de un bunde en las fiestas de San Pacho en Quibdó, o qué dicen las guacamayas cuando vuelan en manada por las copas de los árboles en la selva de Leticia, o a qué sabe el friche, el cayeye y la achira.

Tanto por contar, tanto por compartir.

Quiero contarles sobre todo lo que aprendo al lado de los artesanos de Colombia, cómo aprendí a hacer el Amor Dormido con Carmen Chíquiza en Nemocón, qué decía Medardo de Jesús en sus tejidos de caña flecha puestos en sus sombreros vueltiaos en Tuchín, contarles como Astrid tiñe la losa negra con boñiga de vaca en La Chamba, contarles que existe el calor del trópico en Boyacá con los tejidos de rollo de guacamaya, que al sur del Cesár en Chimichagua se tejen las esteras más bellas gracias a sus ciénagas que producen la materia prima para su fabricación, quiero que sepan que la filigrana no es solo de Mompox con el oro del Magdalena sino que en Santa Fe de Antioquia también se teje con el oro que les da el Cauca, que los presos de la cárcel de Cartago aprendieron a bordar en hilo la puntada de pata’e cabra, compartir con ustedes el  gran corazón de Conchita Iguaran que vive en Uribia tejiendo barrigas de mochilas guajiras. Contarles qué es la damagua, qué es el tamo, qué es el wérregue qué es una maceta valluna, que es el peto, contarles sobre la diferencia que hay entre la palma real, la caña brava, el pindo, la iraca y la palma toquilla.

Quiero Escribir sobre los tejidos en calceta de plátano en el estrecho del magdalena, y sobre las colchas de retazos de Jardin y Marsella, quiero que sepan dónde queda Unguía, Fresno, Villarica, Ortega, , La Plata, Usiacurí, Coyaima, Cumaribo, Filadelfia, Tenza, Sandoná y Curití.

Escribir de mis logros, de mis fracasos, de mis alegrías y mis tristezas, de mis viajes, de mis noches estrelladas y mis cielos grises, de mi familia, de mis  pocos pero grandes amigos, del amor de mi vida.

Como se dan cuenta tengo mucho por contar y espero pronto saber por dónde empezar, pero una cosa si sé, la vida misma me ha enseñado que todo lo vivido se debe compartir y por eso lo voy a escribir.

Hasta pronto.

Diego Guarnizo

Amor por un oficio

A partir de este momento nace este blog a través del cual  podré contarles los detalles, pasiones e inspiración que me motivan para hacer los oficios que tanto amo y respeto, la dirección de arte y el diseño de vestuario.

¡Bienvenidos!

 

 

Director de Arte y Diseñador de Vestuario