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Mi historia en el Río Orteguaza

mi historia en el rio orteguaza

En estos tiempos de cuarentena, la nostalgia y la añoranza son sentimientos que florecen en todos nosotros o por lo menos ese ha sido en mi caso.

No he tenido día donde no lleguen a mi mente situaciones, alegrías, circunstancias, que de alguna forma transformaron mi vida. 

Hoy les voy a escribir acerca de mi primer paso en la selva colombiana, la primera vez que pisé el suelo de la Amazonía, un mundo nuevo  que me abrió los ojos a lo espectacular de la naturaleza, tenía 17 años y fui reclutado por el Ejército Nacional colombiano para prestar el servicio militar obligatorio. 

Mi adolescencia la viví en un pueblo huilense llamado La Plata, rodeado de una comunidad emprendedora, alegre, campesina.

Un sitio estratégico en la economía del país, pues en épocas de la conquista y la colonia, era el sitio obligado para que, el comercio, e incluso la industria que entraba por el Río Magdalena desde Puerto Colombia, llegara al sur occidente del país. 

Un pueblo que también recibió los pasos del Libertador en su campaña por lograr la libertad del yugo español en la Nueva Granada.

Una tierra fértil, llena de verdes montañas y ríos, protegida por comunidades indígenas Guambianas, ubicadas en Belarcázar Cauca, pueblo vecino.

Este pueblo resguardado por la ancestralidad del parque arqueológico de Tierradentro, cerca al poblado de San Andrés de Pisimbalá.

Tierradentro es un sitio mágico lleno de reliquias compuestas por estatuas de piedra (como las de San Agustín) y suntuosos templos subterráneos, labrados en piedra y decorados detalladamente con figuras geométricas, antropomorfas y zoomorfas. 

Amaba visitar esos lugares. 

Al ritmo de la cultura opita, entre Sanjuaneros, bambucos y rajaleñas crecí, con la complicidad de mis amigos que recuerdo siempre, como lo son Toño, Edna, Nana, Juancho, Ricardo, Juanca, Margarita, Pedro y Yesid.

Con ellos vivíamos aventuras y construíamos sueños que hoy 35 años después han dado frutos.

Y precisamente fue allí donde, terminando mis estudios secundarios, me tocó obligatoriamente presentarme en el Batallón de Neiva para asistir al  llamado del Ejército de Colombia.

Todo para cumplir con mi servicio militar.

Cuando me presenté al Ejército estaba seguro que no sería apto, pues mi mamá se había encargado de hacer todo lo posible para que no me llevaran. 

Al final la engañaron, como a muchas madres de otros compañeros y terminé inmediatamente subido en un bus militar rumbo a un destino desconocido.

Larga y oscura noche pasé en ese bus.

Al amanecer llegamos a un sitio completamente desconocido para mí, la ciudad de Florencia en el Departamento del Caquetá. 

Luego de pasar por la inolvidable chuler, el tan esquivo corte de pelo a ras, entre otras  cosas, fue la última vez que vi pelo en mi cabeza, pasé a recibir mi dotación de uniformes.

un soldado en florencia caqueta

En ese momento me dicen que pertenezco al primer pelotón de soldados bachilleres de la brigada en llegar a la zona.

Por esta razón me asignan partir a la base militar de Puerto Lara, en la famosa Hacienda Larandia, para recibir, como recluta, mi instrucción militar. 

El viaje desde Florencia a Puerto Lara lo recuerdo con mucho afecto. 

Este viaje fue una mezcla sentimental entre la soledad, el abandono, la incertidumbre, el miedo, todo esto ocurría mientras era consolado por el paisaje que veía.

Metros y metros de una vegetación exuberante, llena de frutos desconocidos, de aves de todos los colores y cantares, de flores que no había visto jamás, de árboles frondosos y gigantes, de olores nuevos, de nubes de mil formas en un eterno cielo.

Al llegar me asignaron el alojamiento, el de los “bachilleres”, que por castigo o aprendizaje, quedaba a media hora de camino desde la base militar de Larandia, en un puerto abandonado a orillas del Río Ortegauza, convertido en dormitorios militares.

El famoso Puerto Lara. 

Allí en esa gran e imponente hacienda, donada al ejército por una familia que se canso de sufrir los innumerables hostigamientos que recibieron por parte de la guerrilla colombiana FARC, estaba yo vestido y educado por la milicia, así  fue como conocí y aprendí de la selva y la amazonía colombiana.

Durante las primeras noches eran calmados mis sustos y mis angustias con el sonido arrullador de la corriente del río.

Esa misma corriente que dio vía, en épocas de la colonización, al ingreso de los misioneros y colonos a la selva que buscaban sembrar fe y explotar tierras.

Por ese río entraron y salieron soldados que defendían la soberanía nacional a lo largo de la historia, por allí también entraba la civilización y salía la explotación indiscriminada del caucho, la tala de los bosques selváticos  y la destrucción de la fauna. 

Durante ese año conocí el pueblo indígena de la Amazonía, ellos llegaban al puerto y al batallón a protegerse, a pedir alimentos y a intercambiar historias con nosotros los soldados y en ese trueque amoroso aprendí de su humildad y generosidad.

El pueblo indígena comparte lo que tiene, respeta al prójimo sin conocerlo, saluda inclinando la cabeza como muestra de su corazón gigante.

Son felices y transparentes, bailan, cantan, lloran sin pena porque su alma es pura y limpia.

Lo mejor, no guardan rencor a pesar del desamparo que por siglos han recibido. 

Con ellos aprendí a ver y respetar la naturaleza, me presentaron a los caracoles, los morrocoy, las babillas, las guacamayas, el loro coronado, el mico bozo de leche y el mico maicero, las boas y las garzas ganaderas. 

Me enseñaron a reconocer las maderas del canelo, el comino, el guamo, el cedro y diferenciarlas de las maderas para leña.

Me contaron sus aventuras para escalar las palmas de asaí y recoger sus deliciosos cuescos. 

Me invitaron a comer los frutos más exóticos de la selva, el arazá, el copoazú, el guaraná y las uvitas caimaronas. 

Estos intercambios se convirtieron en mi felicidad durante el año que estuve allí. 

Yo procuraba no perder la oportunidad para sentarme con los indígenas y escucharlos, esto ocurría cada vez que terminaba mis responsabilidades y actividades como recluta, luego como soldado, después como dragoneante y que dieron como resultado salir del ejército con el cargo de subteniente de reserva.

El aprendizaje por estos días fue increíble.

Me embriagaban con historias mitológicas, cósmicas, fantásticas.

Me hablaban de montañas anaranjadas y dibujadas en medio de la selva, de animales gigantes con manchas negras en su piel, de peces rosados y cerdos nadadores.

Me enseñaban a cuidar la tierra, a respetar la lluvia, a contar estrellas. 

Me entregaban su legado y yo lo único que les daba era un trozo de pan.

¡Ah! Y por supuesto les entregaba también una sonrisa. 

historia de un soldado a orillas del rio orteguaza

Cuando ellos se iban, yo me quedaba ahí, mirando el cause del río, esperando ver los arawanas, unos peces plateados como espejos que reflejaban los colores del atardecer.

Estos peces salían brincando del agua a cazar insectos, una cita que siempre cumplía porque me confirmaban que las historias de los indígenas tan fantasiosas, terminaban siendo ciertas. 

Allí entre el paisaje cordillerano, en el piedemonte amazónico que da paso a la gran llanura, con la sabiduría del pueblo indígena, conocí la selva amazónica. 

Cuando terminé mi servicio militar un año después, con una estrella al hombro, volví al pueblo Huilense de La Plata.

En aquel pueblo me reencontré con mi familia y amigos, por fortuna llevaba conmigo las enseñanzas sabias y los legados ancestrales que me han dado las fuerzas suficientes para continuar mi camino. 

Hoy, con el paso del tiempo, he entendido esas enseñanzas con más profundidad.

El diseño consciente, la forma cómo debo comportarme con mi entorno, con el medio ambiente, con el cuidado de la tierra, son premisas que no negocio, son mi eje y columna vertebral en cada uno de los trabajos que hago.  

He entendido que el respeto por el origen es importante y lo veo reflejado en el amor que le profeso a la misteriosa y sabia artesanía, es allí donde las manos de los pueblos indígenas, entre tejidos, registran por siempre la historia y tradición de mi país. 

Por ello soy un defensor de esos valores, del legado ancestral, soy un guardián de la Tierra y de la vida.

Mientras la vida me lo permita, seguiré visibilizando esas enseñanzas en todos y cada uno de mis diseños, oficios y trabajos que lidero. 

Hasta pronto, 

Diego
@diegogzo